HOMILÍA DEL DOMINGO VII DE PASCUA.B. SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN
DIVIDE Y VENCERÁS…
Por desgracia, es demasiado común y la principal misión de los que quieren destruir, al precio que sea, la religión católica separar de manera radical a Cristo de su Iglesia. Son muchos los que hoy en día enarbolan una fe en Cristo Jesús, en su mensaje, obviando lo que nos le interesa y en su persona, limitándola a un gran político libertador. Olvidan que al menos desde un punto de vista estrictamente humano, habrá que atender también a los frutos que en este mundo dejan cada uno de los que aquí habitan.
Es por ello, que en este día de los tres que brillan más que el sol, Solemnidad de la Asunción, sea la mejor oportunidad para acallar esas voces maliciosas que se presentan como ejemplos de cristianos supermodernos porque se olvidan de que la Iglesia, esta Iglesia que lucha, que se entrega, que manifiesta verdades molestas para los que prefieren vivir de espaldas a Dios y profundamente insertos en un libertinaje esclavizante, es el fruto por excelencia de la entrega de Cristo.
Es el clásico divide y vencerás.
La lección es clara para este solemne domingo, Cristo asciende entre aclamaciones para sentarse a la diestra del Padre. El tiempo y misión de Cristo ha sido concluida, nos va a enviar al Espíritu Santo para que nos empuje a la misión que él comenzó y que ahora tiene su testigo en nosotros.
Ahora nos toca a nosotros, ahora es el tiempo de su Iglesia, es por ello que dos ángeles hoy no digan en el Evangelio: ¿Pasmarotes qué hacéis ahí plantados?
Ahora llega el tiempo de evangelizar, de ser testigos del Cristo muerto y resucitado. Dios ha querido dejarnos a nosotros ahora todo el protagonismo. La Iglesia de Cristo debe ser el cuerpo de Cristo; todos nosotros, los cristianos, debemos ser la boca, los pies, las manos del cuerpo de Cristo. Ante las dificultades, ante los problemas, ante los retos continuos que nos plantea continuamente la sociedad y el mundo en el que vivimos, ya no nos vale quedarnos plantados mirando al cielo, esperando que Dios baje otra vez a curar nuestras enfermedades y a dar el pan a los hambrientos.
Somos nosotros, con la ayuda y la fuerza del Espíritu de Cristo, los que tenemos que resolver los problemas de cada día. Dios quiere que nos comportemos como personas autónomas, libres, responsables de nuestros actos y de nuestra vida. Dios no nos ha abandonado a nuestra propia suerte; Él está con nosotros apoyándonos desde dentro, con su espíritu. Pero quiere que seamos nosotros, con su fuerza, los que sigamos intentando construir su Reino en este mundo.
Para ello, además de su Espíritu nos deja a la Iglesia como Madre y Maestra a quien otorga tras su Ascensión todo el poder espiritual necesario para realizar su misión.
Descubramos pues que la Iglesia es la obra por excelencia de Cristo y parte integrante de su Credo, por tanto no podemos obviarla y denostarla de la forma en que a diario los cristianos lo permitimos, sin caer en la cuenta o no queriendo caer en que el mal quiere asfixiar los brotes de la gracia de Cristo, para que de esa manera Dios Amor, desaparezca de nuestro orbe.
Todos los cristianos tenemos la obligación de sostener, espiritual y materialmente, el cuerpo de la Iglesia. Corrigiendo en cada momento lo que creamos que se debe corregir y defendiendo lo que creamos que se debe defender. Actuando siempre con amor, con sinceridad, con humildad y con firmeza.
El cristianismo no es sólo una profesión de fe, o una teoría, o una devoción piadosa, o el cumplimiento de unas normas. Ser cristiano es actuar, en cada caso, con el mismo espíritu con el que Cristo actuó. Tendremos que curar enfermos, defender a marginados, convertir a los pecadores, criticar a los corruptos, ponernos siempre de parte del más necesitado, defendernos de los feroces ataques y denunciar las persecuciones que sufrimos los cristianos. La vida cristiana es contemplación y acción; es lucha, es trabajo, es un esfuerzo continuado para hacer más cristiano y más humano el mundo en el que nos ha tocado vivir.
Los signos que deben acompañar a los cristianos en este siglo XXI son, aunque con nombres distintos, los mismos que acompañaron a los cristianos de los primeros siglos del cristianismo. El mandamiento de Cristo sigue siendo hoy el mismo de ayer y de siempre: amar a Dios y demostrar ese amor amando incondicionalmente al prójimo no sólo con palabras, sino con hechos. Sería egoísta guardarse para sí los dones que uno ha recibido, sabiendo además que El está a nuestro lado protegiéndonos. El camino del cristiano tiene que ser igual que el de Cristo. Es la hora de ser cristianos comprometidos. No nos escondamos cuando vemos que nuestro mundo necesita tanto la Buena Noticia de la salvación.
La gracia que has recibido no es para ti, es para la construcción de la comunidad, para el bien de los hermanos. Primero hay que estar al lado del hermano que sufre, del hermano que pasa dificultades, del hermano solo y abandonado. Sólo así podremos estar cerca de Dios, ascender hasta El. ¿Somos conscientes de la misión que Jesús en su Ascensión te encomienda?
El fuego que el Hijo de Dios trajo a la tierra, fue encendiendo e iluminando todas las páginas de la Historia a través de su Iglesia. Ahora ese fuego está en nuestras manos, y nos toca a nosotros reavivarlo y propagarlo por entre los hombres de nuestra época. Ojalá que seamos responsables de la misión que Jesús nos encomienda y consigamos que el fuego de la fe no se apague. Antes al contrario, convirtamos el mundo en una bendita hoguera que ilumine, alegre y mejore más y más la conducta de los hombres.
Que así sea…